jueves, 13 de enero de 2011

Carta a María Elena Walsh...



 ...que se fue con la misma dirección que vivió. Sus canciones, desopilantes y tiernas, quedan grabadas en el corazón.


Por Olga Viglieca

¿Cómo despedirse de esa cara envejecida pero igualmente redonda, bella,
luminosa y pícara?

Parece que hubieras estado siempre, vos y la vaca de la quebrada de
Humahuaca y el doctor que manejaba el cuatrimotor y la gente que llegaba en
camiones, en bicicletas y en aviones. Y la reina Batata.

Parece que hubiera estado siempre, vos y Osías, el osito que paseaba en
mameluco y que nos advirtió que el tiempo no era uno solo. Que había uno
enjaulado y otro suelto, y que había que elegirlos con cuidado. Como esas
tías predilectas que regalan caramelos a espaldas de los padres, nos diste
precoces lecciones de surrealismo, paradojas, metáforas. Así supimos, qué
disparate: se mató un tomate. Y que la tetera es de porcelana pero no se ve.
Con tu melodiosa invitación a desconfiar de lo evidente aprendimos que dos
más dos muchas veces pueden ser sólo tres. Nada es tan simple.

Como distraída, nos machacaste que el poder no es bueno ni infalible. Que
hay reinos en los que un ladrón es vigilante y otro es juez. Que hay reyes
que roban las naranjas al Mono Liso. Y que las historias pueden terminar
mal, porque aunque Mono Liso rescató finalmente a su naranja, la pobre ya
estaba loca.

Creo que te quisimos tanto porque nos privaste de la sobredosis habitual de
almíbar infantil y nos gustó tu versión de la vida en donde entraba, ay,
hasta la pájara Pinta, la desolada viuda del pájaro Pintón, y lloramos con
ella porque su marido era muy alegre/ pero un cazador se lo mató/ ¡con una
escopetita verde!

Te quisimos, tal vez, porque no nos ahorraste detalles de un asesinato que
se incorporó a nuestras pesadillas: Una bala le mató el canto/ -y era tan
linda su canción-/, la segunda le mató el vuelo/, y la tercera el corazón.

Un poco asustados, adherimos a tu maldición que prometía:
"Al que mata a los pajarillos/ le brotará en el corazón/ una bala de hielo
negro/ y un remolino de dolor.

Te quisimos, María Elena, porque fuimos creciendo mientras
los castillos se quedaban solos/, sin princesas ni caballeros, y ni siquiera
podían defenderlos los dragones o las alimañas. Como a nosotros.

Ya parecía que había llegado la hora de despedirnos, que ibas a quedarte en
la biblioteca junto a los libros de la colección Robin Hood, muerta de
aburrimiento. Pero en el winco de los viejos encontramos tus discos con Leda
Valladares, recién regresadas de un París donde las habían aplaudido Pablo
Picasso, Jacques Prévert, Joan Miró. Y las guitarreadas adolescentes se
desvelaron con "Leda y María". Entre las chamarritas de Viglietti y las
cuecas de Víctor Jara, una generación de chicos y chicas descubrimos las
viejas canciones andaluzas. La mala suerte del Conde Olinos. El romance del
enamorado y la muerte. Y la premonitoria "al olivo al olivo, al olivo subí,
por cortar una rama, del olivo caí. Y nos caímos, María Elena. Y muchos
lloramos con vos porque me duele si me quedo/ pero me muero si me voy/, por
todo y a pesar de todo/, mi amor, yo quiero vivir en vos.

De vos, en el canto guerrero de la Negra Sosa, vendría también el consuelo:
Tantas veces me mataron,/ tantas veces me morí,/ sin embargo estoy aquí/
resucitando. Gracias doy a la desgracia/ y a la mano con puñal/ porque me
mató tan mal,/ y seguí cantando.

Y seguimos cantando (un poco llorosos, esta noche). Porque
nos llegaron los hijos y tu voz nos ayudó a despertarlos, como quería la
rana, mientras espiaba por la ventana: Tira con tirita y ojal con botón.

Y ahora ya esperamos a los nietos, María Elena. Lo que es lo mismo que decir
que acariciamos todo tu repertorio. En gateras.

Por eso no podemos decirte adiós. Cuál es la palabra del adiós para alguien
que trenzó y destrenzó las palabras y la música hasta tatuárnoslas con tinta
invisible, hasta dejarnos una frase y una melodía para cada evocación.

A vos, que cantaste: Yo no soy un bailarín/ porque me gusta quedarme/ quieto
en la tierra y sentir/ que mis pies tienen raíz... A vos, tía María Elena,
huésped eterna de nuestra vida y de nuestra infancia, te miramos feliz,
entre las hojas que cantan.

PD. Y no me olvido de todas las cosas que no me gustaron de vos. Como las
tías principales, fuiste perfecta en lo que fuiste perfecta. Lo demás, que
se lo lleve el olvido.



Fuente: DiarioZ

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